martes, 6 de mayo de 2014

CUARENTA AÑOS DESPUÉS


Humildad. El maltrato más grande en mi niñez lo recibí de la persona que hoy más amo. Ya adulta, agradecida, he sabido arrodillarme a decirle “Perdóname por favor, siempre te he querido mucho”. Reconocí que ella había sido más abusada que yo. Viuda, pobre y con nueve hijos. Todas sus hermanas parían y decían “Se los dejamos a la viuda; ella no trabaja”. Esa tía donde abrí los ojitos, aprendí a dar pasitos, se me cayó el primer diente. Tenía 14 niños que no eran su responsabilidad. Lo peor de todo era que esas mujeres parían todos los años y no le pagaban nada. Ahí empezó mi odio a las embarazadas. Ni alimento, ni cama, ni ropa. Nos faltó lo que yo consideraba más importante: ir a la escuela. Éramos 25 niños hocicando como animales para sobrevivir. Apedreados, mutilados, ya que uno de ellos quedó mudo por un dedo que le entró hasta la garganta para sacarle algo que se comió robado, según ella. El niño jamás habló. La Viuda, como la llamaban en el pueblo, amarraba con cadena a dos varones pequeñitos y les ponía candado, con la llave al lado. Cuando iban creciendo, ellos no permitían que nadie los soltara, sólo ella. Ellos sabían que si alguien los soltaba el castigo era peor. Yo en mi mente siempre amplia pensaba: “Esta señora un día va a matarnos a unos cuantos de nosotros” —aunque muertos estábamos ya. El maltrato era demasiado fuerte; cocinaba a las cuatro de la mañana y nos daba la comida a las diez de la noche, después de un día duro de trabajo. Nunca conocimos la carne, el arroz, la ensalada y menos la leche. Yo tenía mucho miedo, pues a pesar de ser una niñita bien trabajadorcita, hacía todo lo que me mandaba. Mi miedo más grande era que me matara a mi hermanito. Mamá nos había dejado allí a nuestra suerte. Nunca vimos a nuestros padres pero siempre daba gracias a Dios por todos. Pasaron 40 años. Yo me encontraba en una oficina en Miami, pues a pesar de tanto maltrato había logrado salir a flote. Allí vi un periódico con una noticia horrenda: Anciana de 78 mata de una pedrada a recién nacido. ¡Era mi tía! Rápido oré pidiendo a Dios misericordia por ella, pero más rápido llamé: “Necesito un buen abogado, quiero pagar una fianza. No quiero que esa señora sea más abusada de lo que ha sido por nosotros los niños. ¿Por qué? Hay veces que los hijos pagamos la cuenta de nuestros padres. Hoy Omi (tía mamá) tiene 101 años. Yo viajé desde lejos para decirle: “Gracias mi viejita, siempre te he querido mucho”.


©2014 SABIDURÍA EN LETRAS


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