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lunes, 25 de abril de 2016

DAHLIA


Hola, hija mía. ¿Cómo estás? Buenos días.
Tu carita y sonrisa me llenan de alegría
pasan los días, te extraño, querida mía
en mis brazos te tendría todo el día.

Mi pequeña dibujante y amante del sonido
cómo compartíamos en nuestro nido.
¿Te acuerdas cuando te susurraba en el oído?
Vocales y consonantes, ¡ay Dios mío!

Se me derrama el alma del dolor
al no tenerte conmigo, mi flor.
Cuánto extraño tu dulce olor
de blanco a negro, me pintas a color.

Te amo más y más cada día
por ti, yo ye doy mi vida.
Tú eres un milagro, me decían
¡sánate mi reinita!

Mamá sigue aquí, luchando por ti
y seguirá hasta el fin, no te olvides de mí.


© 2016 MENID




 
 

martes, 22 de marzo de 2016

PECADO


Qué rico es el pecado, y más, cuando se saborea con ganas. Cuando sientes ese placer de disfrutarlo. Cuando sientes que te baja suavecito. Cuando empiezas, no quieres que termine y te envuelves en eso que piensas que solo deben disfrutar los dioses.

Cuando pequeña te gustaba y lo disfrutabas igual que de adulta. Pero te decían “No, que te crece la barriga”. Pero ahora de adulta lo sigues disfrutando y que digan lo que digan.

De pronto te sorprende tu compañera: “Miauu”. Sabes que eso quiere decir: “Dame pecado”, que es como mi gata y yo le llamamos al mantecado.


© 2016 ZEPHIA


lunes, 25 de mayo de 2015

NUESTRA HISTORIA


“Fue entonces que la vi. Estaba escondida tras unos árboles. Me observaba en silencio. ¿Quién sabe cuanto tiempo llevaba allí? Me acerqué despacio mirándola fijamente a los ojos y hablándole quedo. Al fin salió”.

De niña, mi abuelo me contaba esta historia cada vez que lo visitaba en su casa, en un campo de Naranjito. Esa historia era un momento impostergable entre nosotros en nuestro compartir familiar. Con el tiempo, se convirtió en “nuestra historia”.
De adolescente, la curiosidad me llevó a preguntarle si esa historia era verdadera. Sonrió y guardó silencio por unos segundos. Su mirada quedó perdida en un punto en el horizonte de su memoria. Suspiró; volvió a sonreír. Se aclaró la garganta y me miró fijo. Ahora contaría la historia detrás de “nuestra historia”. Guardé total y sagrado silencio.
Inició el relato con una confesión: al contar esta historia estaba dando entrada, por primera vez, a un espacio de su vida que era secreto. La familia nunca pudo arrebatarle qué eventos vivió estando destacado como soldado en el conflicto de Corea, allá para la década del 50 en el siglo pasado. Su rostro reflejaba por momentos sombras de angustia, dolor y coraje. Todo a la misma vez. Volvió a suspirar. Solo alcanzó a decirme un fragmento de esta otra historia que aún le dolía y le perturbaba en su memoria y su corazón.
Ocurrió durante el último enfrentamiento sangriento antes de la retirada final en una pequeña villa campestre. Él iba en la retaguardia, vigilante de cualquier sombra con fusil en mano que pudiera atacarlos. Algo llamó su atención entre los árboles y de inmediato, su cuerpo no dudó en apuntar, presto a disparar. Quedó atónito con la rapidez con que su mente le gritó: “Detente. No dispares”. Entre la maleza asomó la mirada triste, aterrorizada, de una niña desnutrida y temblando de frío. Era el rostro de la guerra, capaz de herir de muerte con la inocencia. Se quitó su chaleco y se lo ofreció hablándole despacio, suave y con señas. Quizás, cuando dejó de ver en su rostro al soldado, ella salió. Él la acogió en sus brazos y en su corazón. Al hacerlo, hizo juramento de no volver a empuñar un fusil ni arma alguna que dejara huérfanas a tantas vidas en la humanidad. Entonces, suspiró profundo, como si soltara la presión acumulada por tantos años.


Jueves, 14 de mayo de 2015
©2015 PUERTO LUNA

lunes, 19 de mayo de 2014

ATARDECER

I

El sol caía derramando rojos y violetas entre las montañas. Y ahí estaba yo, contemplando esa hermosura de la naturaleza, que es un regalo que Dios les da a sus seres amados. Lo triste era que entre más se derramaban esos colores, más obscura se volvía esa tarde de abril en la que yo, en mi balcón y con una copa de vino, recordaba cuando de niña corría descalza por la pradera. Sólo podía recordar la sensación bajo las plantas de los pies. Pero como recordar es vivir, me levanté y corrí porque quería vivir esa sensación otra vez para que así, si algún día partía, pudiera llevar ese recuerdo conmigo.

II 
 
El sol caía derramando rojos y violetas entre las montañas. Era un atardecer precioso; yo observaba la partida de un barco. Iba oscureciendo paso a paso. Veía a su alrededor esos colores violetas, rojos y ese amarillo brillante, tan hermoso como para jurarse amor eterno. Como si fuera un arco iris que simboliza paz. Tres colores dignos de la naturaleza, creados por Dios para el deleite de nuestros ojos.


 
©2014 SABIDURÍA EN LETRAS


martes, 6 de mayo de 2014

CUARENTA AÑOS DESPUÉS


Humildad. El maltrato más grande en mi niñez lo recibí de la persona que hoy más amo. Ya adulta, agradecida, he sabido arrodillarme a decirle “Perdóname por favor, siempre te he querido mucho”. Reconocí que ella había sido más abusada que yo. Viuda, pobre y con nueve hijos. Todas sus hermanas parían y decían “Se los dejamos a la viuda; ella no trabaja”. Esa tía donde abrí los ojitos, aprendí a dar pasitos, se me cayó el primer diente. Tenía 14 niños que no eran su responsabilidad. Lo peor de todo era que esas mujeres parían todos los años y no le pagaban nada. Ahí empezó mi odio a las embarazadas. Ni alimento, ni cama, ni ropa. Nos faltó lo que yo consideraba más importante: ir a la escuela. Éramos 25 niños hocicando como animales para sobrevivir. Apedreados, mutilados, ya que uno de ellos quedó mudo por un dedo que le entró hasta la garganta para sacarle algo que se comió robado, según ella. El niño jamás habló. La Viuda, como la llamaban en el pueblo, amarraba con cadena a dos varones pequeñitos y les ponía candado, con la llave al lado. Cuando iban creciendo, ellos no permitían que nadie los soltara, sólo ella. Ellos sabían que si alguien los soltaba el castigo era peor. Yo en mi mente siempre amplia pensaba: “Esta señora un día va a matarnos a unos cuantos de nosotros” —aunque muertos estábamos ya. El maltrato era demasiado fuerte; cocinaba a las cuatro de la mañana y nos daba la comida a las diez de la noche, después de un día duro de trabajo. Nunca conocimos la carne, el arroz, la ensalada y menos la leche. Yo tenía mucho miedo, pues a pesar de ser una niñita bien trabajadorcita, hacía todo lo que me mandaba. Mi miedo más grande era que me matara a mi hermanito. Mamá nos había dejado allí a nuestra suerte. Nunca vimos a nuestros padres pero siempre daba gracias a Dios por todos. Pasaron 40 años. Yo me encontraba en una oficina en Miami, pues a pesar de tanto maltrato había logrado salir a flote. Allí vi un periódico con una noticia horrenda: Anciana de 78 mata de una pedrada a recién nacido. ¡Era mi tía! Rápido oré pidiendo a Dios misericordia por ella, pero más rápido llamé: “Necesito un buen abogado, quiero pagar una fianza. No quiero que esa señora sea más abusada de lo que ha sido por nosotros los niños. ¿Por qué? Hay veces que los hijos pagamos la cuenta de nuestros padres. Hoy Omi (tía mamá) tiene 101 años. Yo viajé desde lejos para decirle: “Gracias mi viejita, siempre te he querido mucho”.


©2014 SABIDURÍA EN LETRAS


lunes, 12 de noviembre de 2012

SER MUJER

 
Soy mujer y no puedo dejar de maravillarme por ello.

El estar consciente de mi condición femenina me llena de una serie de sensaciones, de sentimientos que se complementan para formar algo tan complejo y hermoso que resulta difícil explicarlo con palabras.

Soy mujer y me alegra serlo. Porque cada mujer tiene algo de madre, de compañera, de amiga y de niña. Porque somos apasionadas, comprensivas y nobles. Porque somos luchadoras y capaces de hacer muchas cosas por nuestros hijos, por nuestra pareja, por nuestra familia. Porque somos sacrificadas y podemos llegar a cosas insospechadas si sentimos que valen la pena. Porque amamos, sentimos, creemos y razonamos de una manera particular, única. Porque nuestro cuerpo es maravilloso; podemos amar, dar vida y alimentarla después. Porque de nosotras sale la vida que nos sobrevivirá, vida que es la continuación de la nuestra. Porque siendo capaces de recibir, no nos cansamos nunca de dar. Porque somos el apoyo moral y espiritual de la familia. Porque podemos llevar cargas increíblemente pesadas y sin embargo tener una palabra de aliento para alguien que está cansado. Porque nos resistimos a sucumbir, siempre buscamos la forma de salir adelante a pesar de las dificultades. Porque tenemos el alma llena de flores. Porque con ternura podemos aminorar el dolor de los demás. Porque con nuestra presencia podemos cambiar el curso de los acontecimientos. Porque nuestro amor es capaz de lograr lo imposible. Porque sentimos en profundidad. Porque amamos sin condición, nos entregamos totalmente y somos fieles a nuestro amor. Porque al amar, lo hacemos con todos los sentidos, con el cuerpo y con el alma. Porque somos el oasis de nuestra pareja. Porque somos pacientes y tolerantes. Porque perseguimos nuestras metas sin excluir a los que amamos. Porque con un gesto amable, con una sola sonrisa, podemos hacer felices a los demás. Porque en nuestro corazón hay mucho sitio para los que nos rodean. Porque cuidamos a nuestros hijos y los preparamos con optimismo para la vida. Porque somos capaces de dar nuestra propia vida por la de nuestros hijos. Porque somos sensibles. Porque vivimos nuestra feminidad naturalmente. Porque nos gustan los cumplidos con fundamento. Porque, estando conscientes de todo esto nos sabemos fuertes y sin embargo somos delicadas. Porque aunque profesionalmente estemos en un mismo nivel con los hombres, nos gusta ser respetadas y tratadas como mujeres en el mejor sentido, en el único sentido real y válido. Porque no necesitamos estar demostrándonos constantemente lo mucho que valemos; es un hecho y todos lo saben. Por todo esto resulta tan hermoso y fascinante el vivir nuestra existencia a plenitud, porque somos importantes e imprescindibles. Nunca lo debemos olvidar y mucho menos ocultarlo: somos mujeres y tenemos que estar orgullosas de ello.


©1995 Patricia Schaefer Röder